jueves, 8 de agosto de 2019

Sin testigos

Nunca hubo testigo.
Vivimos a la sombra de una lámpara tenue,
acariciamos despedidas cada vez.
Siempre la última.
Siempre una explicación previa
que justificara el abandono a una atracón inevitable.
Por si las cosas no salían.
Para frenarte a ti si lo hacían.
Siempre tuviste la certeza de que no era yo,
que eran sus ojos casa.
Sólo dudaste, lo sé,
cuando me viste raspar mi alma en sus pestañas.
Aguantaste el golpe, maltapándolo, y lo borraste con esfuerzo y prisa.
Volviste a los brazos a los que pertenecías.
Yo me quedé mirando tu regreso al hogar
y la pérdida definitiva de un futuro contigo.
Ahora vivo con un corazón incompleto
por miedo seguir el camino que marcan los trozos,
 y acabar a los pies de tu cama.

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